HASTA SIEMPRE NELSON.

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L. P- EL UNIVERSAL

Un hombre, una nación. Nelson Mandela y Suráfrica. De allí, un ideal, la libertad y la igualdad. Su visión, convertir a su tierra en la “nación arco iris”, donde blancos y negros pudieran compartir los mismos derechos.

El líder surafricano falleció ayer por complicaciones respiratorias que lo llevaron al menos cuatro veces al hospital en los últimos dos años.

Su nombre de bautismo -Nelson le fue dado en primaria por una maestra- es Rolihlahla Madiba Mandela, siendo Rolihlahla un alias familiar que significa “el que sacude los árboles”. Mandela logró no solo sacudir a su país, Suráfrica, que estaba sumida en uno de los sistemas más injustos de la historia, el apartheid, sino al mundo al convertirse en icono universal de la lucha por los derechos civiles.

Mandela se convirtió en héroe, un Dios para muchos. Y bien ganados que se tiene esos epítetos. Tras 27 años en prisión, condenado por buscar redimir a los suyos, acusado de todo lo contrario de lo que realmente pretendía, vejado y humillado en reclusión, lo que hizo fue promover reconciliación, paz y unión.

Su vida pudo haber tomado un rumbo distinto habiendo nacido en una familia real de la tribu de los Thembu, en la región surafricana de Transkei, en la provincia del Cabo Oriental. Como hijo de un jefe local del poblado de Mvezo, de pequeño su educación estuvo dirigida a que se convirtiera, al igual que su padre, en jerarca de su clan, pero su espíritu rebelde y tal vez, la extraordinaria visión que demostró siendo ya un activista político, hicieron que tomara desde joven sus propias decisiones y emprendiera el camino de la batalla por sus ideales de igualdad.

Líder nato

Se inició en la política en 1943 al ingresar al Congreso Nacional Africano (CNA), organización del nacionalismo negro fundada en 1912. Fue inspirador, persuasivo y pragmático. Un líder.

En 1949, cuando la minoría blanca instauró formalmente el apartheid, Mandela propulsó dentro del partido una corriente más intensa en cuanto a las exigencias antirraciales dirigidas al Gobierno. Antes, el CNA había limitado sus quejas al entorno parlamentario, pero con Mandela en sus filas, la organización se orientó hacia un movimiento de masas con un plan de acción más firme.

La lucha era dura. El régimen se empeñaba en mostrar al movimiento de resistencia negra como un grupúsculo terrorista y desestabilizador. Siendo hombre de lucha, no de violencia, Mandela impulsó el pacifismo.

En 1955 abrió junto a su amigo Tambo un despacho de abogados en Johannesburgo, el primero con licencia para juristas de color. Allí prestaba asistencia legal a activistas que tenían problemas con la justicia.

Toda su actividad proselitista comenzó a pasarle factura y fue a la cárcel en diversas ocasiones, hasta que en 1960 los sucesos de Shaperville, donde una multitud de manifestantes antiapartheid fue masacrada por la policía, marcó un cambio de estrategia.

Convencido de que la pasividad no surtiría ningún efecto, creó lo que sería el brazo armado del CNA, la denominada “Lanza de la Nación”.

Condena a cadena perpetua

En 1961 fue condenado a cinco años de cárcel por incitación a la huelga y abandono ilegal del país. Aunque fueron cinco años, ya su destino estaba marcado. Dos años más tarde, el brioso líder antiapartheid fue acusado de terrorismo, sabotaje y traición a la patria. Comenzó el juicio de Rivonia, en 1964, en el que se le sentenció a cadena perpetua junto a otros siete altos dirigentes del CNA y del Partido Comunista de Suráfrica (SACP).

Durante sus años en prisión no flaqueó. Su integridad se hizo más firme y con ella sorteó las tribulaciones que tuvo que pasar como preso político.

Mandela asumió su reclusión con estoicismo, pero nunca estuvo dispuesto a dejar pisotear su dignidad. La justicia siempre le fue atractiva, por lo que se llevó a la cárcel su capacidad de liderar en pro de ella.

El día que llegó a Robben Island, el director de la prisión le ordenó que corriese desde el muelle hasta la puerta principal de la cárcel. Mandela se negó. Desde el principio, sabiéndose perdido y con un futuro tras las rejas, no se permitió la desmoralización, ni frente a sí mismo ni a sus compañeros.

Héroe de la unificación

Luego de salir de la cárcel en enero de 1990 emprendió un proceso de reconciliación y unificación de Suráfrica. Habló de olvidar el pasado, de perdonar. Incluso fue de las palabras a los hechos. Apareció varias veces con uno de sus carceleros blancos, visitó a la viuda del exprimer ministro Hendrik Verwoerd, padre del apartheid, y se abrazó con Constand Viljoen, exgeneral de derecha que había planeado un golpe en su contra. Mandela se convirtió entonces en el líder de todos los surafricanos, blancos y negros.

Con su astucia política concretó junto al presidente F. W. de Klerk el proceso de negociaciones que puso fin al régimen de segregación, lo que les valió a ambos el Nobel de la Paz en 1993. Un año después, en 1994, Mandela fue elegido el primer presidente negro de Suráfrica, en elecciones libres y democráticas. Había ocurrido el milagro.

Como presidente, Mandela abogó por la inclusión. Permitió que los blancos nacionalistas se quedaran en algunos cargos dentro del Gobierno y aceptó a líderes de los otros grupos políticos de la resistencia.

Desde que salió de la cárcel se preocupó por motivar a sus seguidores, y al mismo tiempo, emprendió la tarea de apaciguar los temores de los blancos respecto a los negros. Ese sería uno de sus más importantes logros en pro de la armonía.

El destino de Suráfrica luego de Mandela no es de ensueño. La pobreza continúa siendo uno de los retos por afrontar, acompañada por males como la corrupción y la delincuencia. El país no es lo que muchos tenían como expectativa, pero tiene democracia, libertad e igualdad.

El legado de Mandela es ese. La democracia floreció en Suráfrica, un país que elige a sus gobernantes y donde la tolerancia dejó de ser una visión lejana. La paz se logró, no fue un fin imposible de alcanzar y a pesar de los problemas que existen, hoy día, negros y blancos pueden convivir en armonía.

El ideal de Mandela no fue una utopía en Suráfrica.

En su “lado más personal”, el “padre” de Suráfrica, fue también un hombre, hijo, esposo. Durante sus días en prisión tuvo que lidiar con los remordimientos. La lucha por su nación, al tiempo que lo elevó al más alto de los altares, también lo condenó a alejarse de quienes amaba.

En Robben Island fueron contadas las veces que pudo ver a Winnie, su segunda esposa y su compañera en la lucha por la dignidad de los negros. En los años en que estuvo preso, Winnie se encargó de llevar por Suráfrica y el mundo el mensaje de su esposo. Eso también le valió a ella encararse con la justicia y abandonar a sus hijos. Mandela se sentía muy desgraciado cuando se enteraba de las penas y sufrimientos por los que pasaba Winnie.

Aquel luchador, ese revolucionario que había logrado organizar un movimiento en pro de la justicia y la libertad y que se enfrentó al oprobioso sistema de segregación racial surafricano, el apartheid, sentía desasosiego y se preguntaba si valía la pena sacrificar el amor y cariño de su familia por hacer que otros tuvieran oportunidades.

Le preocupaba que sus hijos vivieran sin casa propia, sin el afecto y la protección de sus padres, sin fiestas de cumpleaños, sin navidad, sin juguetes.

El miedo también pasó muchas veces por el corazón de Mandela, como cuando andaba en la clandestinidad y era llamado en los círculos blancos como “el pimpinela negra”, cuando enfrentó el juicio de Rivonia y lo condenaron a cadena perpetua, cuando comenzó a negociar con el Gobierno su liberación y propiamente cuando fue liberado en 1990.

“Nunca fui nada parecido a un santo. No olvidemos nunca que un santo es un pecador que simplemente sigue esforzándose”, escribió Mandela en una carta a Winnie en 1975.

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