LA CRISIS MUDA EL PERFIL DEL VOLUNTARIADO

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Taller de manualidades de la Fundación Indace, que atiende a personas con daño cerebral sobrevenido.0001384317_560x560_jpg000.0001384318_560x560_jpg000

Numerosos parados acuden a las entidades para prestar ayuda social. La Hispalense triplica en dos cursos la cifra de colaboradores en actividades solidarias.

Diario de Sevilla

Diego J. Geniz |  23.06.2013

¿Solidaridad, oportunidad laboral o simple distracción? Estas tres hipótesis se plantean cuando se atiende al cambio que se produce en el perfil del voluntariado sevillano como consecuencia de la crisis. Aunque la provincia, especialmente la capital, siempre ha destacado por su alto número de voluntarios, no es menos cierto que quienes desempeñan esta labor han sido, sobre todo, amas de casa o jubiladas con suficiente tiempo como para dedicarse a tal fin. Sin embargo, la alta tasa de paro ha provocado que sean numerosos desempleados los que se acerquen hasta dichas entidades para colaborar en ellas, pese a que en bastantes ocasiones la razón de esta ayuda no sea el altruismo sino la búsqueda de una contratación.

Armando Rotea es el coordinador de la Plataforma del Voluntariado Social de Sevilla (PVSS). La entidad -sin ánimo de lucro- se creó en 1987 y era la segunda de este tipo que se fundaba en España con la intención de articular las distintas asociaciones que trabajan con voluntarios. En aquel entonces eran siete a las que asesoraba en la provincia. Actualmente son 71, de distintos tamaños y ámbitos de actuación. Según el coordinador de la plataforma, en Sevilla hay 33.000 voluntarios, una cifra que se mantiene estable desde hace varios años.

El representante de la entidad especifica que sólo se tienen en cuenta a aquellos ciudadanos que colaboran de manera “estable” con las asociaciones. De la citada cantidad, la mayor parte desarrollan su servicio en la capital (25.000), mientras que el resto lo hace en la provincia. Esta gran diferencia es casi inversamente proporcional a la distribución geográfica de las asocaciones. En la ciudad hispalense hay 180 entidades de voluntariado y en los municipios sevillanos, 400.

El perfil que ha predominado hasta ahora lo conforman mujeres mayores de 50 años, jubiladas o a punto de estarlo. Los porcentajes constatan este dato, ya que el 69% del voluntariado son mujeres frente al 31% de hombres. El 42% de los voluntarios posee titulación universitaria, lo que evidencia la alta formación académica de estos ciudadanos. También es destacable que más de la mitad de los colaboradores están trabajando, que su permanencia en la entidad supera los dos años -con una dedicación de entre 6 y 20 horas al mes- y que las tareas preferidas son las de ocio y tiempo libre, acompañamiento, organizativas y de administración.

Ahora bien, como se apuntaba antes, desde 2009 se viene observando la incorporación de nuevas figuras, entre las que sobresalen personas de más avanzada edad -con mayor esperanza de vida- y, principalmente, sevillanos en paro.

Respecto a este último grupo Armando Rotea alerta de la llegada de muchas personas que quieren insertarse en una asociación esperando una oportunidad laboral, “y esto no son agencias de colocación”. “Tienen una idea muy equivocada aquéllos que creen que en una entidad de estas características se contrata a gente. El fin principal es social y no hay retribución económica al voluntario”, apostilla el representante de la plataforma.

desaparición. El concepto erróneo de asociaciones de voluntarios como fuente de trabajo se creó en los años previos a la crisis. El coordinador de la PSVV recuerda que en aquel tiempo “florecieron” entidades que adquirían esta denominación aunque luego eran muy pocos los voluntarios que participaban en ella en contraposición con el alto número de personas contratadas. “Era la época en la que se otorgaban grandes subvenciones a las ONG por parte de todas las administraciones. Ahora, cuando las arcas públicas están famélicas y no hay ingresos suficientes para mantener al personal, estas asociaciones tienden a desaparecer. Aunque sigan estando registradas, sabemos que muchas de ellas no tienen actividad”, relata Rotea.

La PVSS apenas recibe dinero público, ya que su función principal, la de formar y coordinar a los voluntarios, no tiene cabida en las convocatorias de ayudas. “El Ayuntamiento de Sevilla es la única administración de la que no recibimos dinero, por este motivo hemos pedido una reunión con el alcalde para que conozca nuestra labor y contribuya con alguna ayuda”.

La Junta, por otro lado, ha disminuido su aportación. En pocos años ha pasado de destinar 24.000 euros a los 5.000 actuales. La plataforma sigue contando, no obstante, con la colaboración de la Fundación Cajasol, a través de cuya Obra Social forma al año a 200 de sus trabajadores como voluntarios. También se mantiene vigente el acuerdo con la Diputación, gracias al cual varios integrantes de la entidad recorren los pueblos de la provincia fomentando el espíritu solidario.

testimonios. Una de las asociaciones integradas en la PVSS es la Fundación Indace, que busca la integración de las personas con daño cerebral sobrevenido. Charo Martínez, de 67 años, trabaja de voluntaria en ella. Llegó aquí por circunstancias personales. Su hijo de 38 años, también voluntario, es uno de los afectados. Con 24 años sufrió un accidente en la moto que sus padres le habían regalado cuando acabó la carrera. La lesión cerebral -al no llevar el casco colocado- le produjo una “grave discapacidad intelectual”. “Cuando mi hijo entró en esta asociación me di cuenta de que yo también podía aportar mi granito de arena. Por tal motivo asistí a unos talleres en los que nos enseñan a los familiares a aceptar a las personas cercanas que han cambiado por completo tras un daño cerebral”.

Charo Martínez acude tres veces a la semana a la sede que tiene Indace en la Avenida de Miraflores. Allí dirige un taller de manualidades y desarrolla terapias para los padres. “El primer consejo que les doy es que se mentalicen de que después de que un familiar haya sufrido un accidente o haya padecido un ictus es una persona totalmente distinta a la de antes, no podemos intentar que sea el mismo”, señala esta voluntaria.

Además de estas labores, se encarga de desarrollar actividades con el objetivo de lograr fondos económicos para la entidad y acompaña a la Policía Local en las clases que imparte en centros educativos y cívicos sobre educación vial. “Mi testimonio es esencial para los jóvenes. La prevención supone otra forma importante de ayudar. Cuando les narro el caso de mi hijo quiero concienciarles de la importancia de que se pongan el casco, aunque sea para trayectos cortos, como le ocurrió a él”, explica esta sevillana, quien reconoce que “ser voluntaria me ha dado vida”.

Aunque por distinta causa, Isabel Esmeralda también llegó al Teléfono de la Esperanza en 1987 por la familia. Sus padres colaboraban con esta asociación creada por fray Serafín Madrid. Recién acabados sus estudios de psicóloga comenzó a colaborar en el departamento de orientación, donde se reciben las llamadas, labor que confiesa ser la que más le gusta. Ahora también se encuentra en el departamento de psicología, donde entrevista a las personas necesitadas de atención personal. “La primera vez que asistí una llamada me temblaban las piernas. Estuve todo un verano formándome para aquel momento. Los nervios me podían, nunca sabes en qué estado se encuentra la persona que usa este servicio”, recuerda la voluntaria.

A sus 50 años el principal consejo que da a los futuros colaboradores es que “se conozcan a ellos mismos para conocer al otro” y, sobre todo, “no prejuzgar”. “Siempre hay que intentar que las situaciones no te superen. Por este motivo, al ser un servicio anónimo, la mejor terapia es contarnos las historias más fuertes entre nosotros para sobrellevar mejor esos momentos”, añade esta sevillana que considera al Teléfono de la Esperanza “como parte de la familia”. “No es para menos, mis compañeros han asistido a los mejores y peores momentos de mi vida”.

Isabel Esmeralda dedica una media de 20 horas mensuales a ayudar a la asociación. Su larga experiencia le permite reflexionar sobre este tipo de entidades: “Con la crisis que sufrimos hay falta de ayudas económicas, pero también es una buena oportunidad para que las asociaciones busquen otro tipo de apoyos”. También ella ha constatado la merma de ciertas ONG: “Muchas asociaciones surgieron como agencias de trabajo gracias a las subvenciones, que cada vez son menos. En nuestra entidad sólo hay una persona contratada, mientras que colaboran gratuitamente 67 voluntarios”.

No su entorno familiar, pero sí el laboral fue el que llevó a Cloti Ortiz a entrar en Proyecto Hombre y Afaces, organizaciones que atienden a los drogodependientes y sus familias. Esta sevillana, ya prejubilada, estuvo bastantes años trabajando como maestra en un colegio de las Tres Mil Viviendas. Allí comprobó como muchas familias estaban “rotas” por la droga y hasta presenció la muerte de un joven por sobredosis. “Entonces me di cuenta de la suerte que tenía, porque ninguno de mis hijos arrastra este problema, por lo que decidí devolverle a la sociedad lo que me había dado”, comenta Cloti Ortiz, quien lleva 13 años de voluntaria en dicha tarea.

Entre las labores que desempeña se encuentra el acompañamiento y seguimiento a los toxicómanos así como a sus seres más cercanos. “Me quedo varias noches a dormir en la casa de acogida para chicas drogodependientes, les acompaño, incluso, cuando tienen que acudir a algún asunto administrativo. La intención es que no se sientan excluidas socialmente”, explica esta docente.

Reconoce que para trabajar en este ámbito “hace falta mucha madurez”, ya que son momentos “muy duros” los que se viven, pero que se compensan “con la alegría que surge al ver a una persona recuperada de su adicción”. Ortiz, que se confiesa cristiana practicante, afirma que “sentiría que miento si el mensaje evangélico en el que creo no viene acompañado de esta labor”.

En la universidad. Otra de las plataformas que coordina y forma a los ciudadanos que colaboran en fines sociales es la Oficina del Voluntariado de la Universidad de Sevilla, órgano dependiente del Servicio de Atención a la Comunidad Universitaria (SACU). Presta su servicio a 72 asociaciones que trabajan con voluntarios, los cuales proceden, en este caso, de la comunidad educativa (alumnos, docentes y personal de administración y servicios).

En el presente curso se han registrado alrededor de 3.200 voluntarios, cifra que casi triplica la existente hace dos años, cuando este número era de 1.195. En este incremento hay que tener en cuenta varios factores. Uno de ellos es que el grupo más amplio lo integran los estudiantes. Aquí intervienen diversas causas. La directora de la oficina, Ana López, detalla que las actividades solidarias están reguladas por el Vicerrectorado de Ordenación Académica y que, por tanto, los alumnos que las desarrollan obtienen créditos con ellas. En concreto, 25 horas desempeñando esta labor equivalen a un crédito. Pero por encima de todo, López destaca “la solidaridad” de los estudiantes de la Hispalense con las necesidades de la sociedad en la que se forman.

También desarrollan proyectos concretos con las asociaciones a propuesta de la institución académica, como el que llevan a cabo con Intervida consistente en que los estudiantes de la Hispalense se conviertan en mentores de alumnos de institutos de zonas en riesgo de exclusión social o alejadas geográficamente para atraerlos a las enseñanzas superiores.

Para la directora de la oficina, es necesaria una mayor “visibilidad” del voluntariado y que se reconozca su labor, lo que supone un “aliciente” para nuevos voluntarios. Y es que si se atiende a las cifras y a la ayuda que éstos prestan se cuestiona la máxima de Hobbes. El hombre puede que no sea tan lobo para el hombre.

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